Unidad Americana ¿Por qué y para qué?

Origen de la Junta Americana por los Pueblos Libres

Proponer desde este rincón de Entre Ríos y Santa Fe un trabajo en el llano, en las bases, para zambullirse en la unidad del Abya Yala y fomentarla con fuertes convicciones, y en conciencia del significado del imperialismo para los pueblos del sur: esa es la meta de los trabajadores, estudiantes, profesores, periodistas, artistas, investigadores, gremialistas, cooperativistas, que nos reunimos en la Junta Americana por los Pueblos Libres.

Y es tan alto y tan ambicioso el proyecto, que seguramente nos ayudará a encontrarnos, a reinterpretarnos en nuestra identidad, y a salir de discusiones pequeñas, entretenimientos casi, cuando lo que importa es la libertad.

La JAPL fue gestada cuando se cumplían 15 años de la muerte de Atahualpa Yupanqui, el 23 de mayo de 2007. Y se presentó en sociedad un 13 de diciembre, Día del Petróleo, declarado Día de Duelo nacional.

La Junta Americana por los Pueblos Libres –JAPL- viene a ocupar un lugar que no está vacío porque son innumerables las entidades y las personas que, desde un ángulo o el otro, promueven la valoración de la identidad americana, la búsqueda de esa unidad que está en la raíz. Quizá, sí, su mirada puesta exclusivamente en la unidad sea un distintivo.

Es cierto que la meta es tan amplia, y los aspectos de la unidad son tan diversos, que corremos los riesgos propios de abarcar mucho.

En los integrantes de la JAPL se ve ánimo y convicción. Incluso difundimos nuestra decisión de marchar “a paso de vencedores”, según la consigna del general Córdoba en los campos de Ayacucho al ejército sudamericano. Algo así como “unidad americana sí o sí”.

 

Conocernos mejor

Conocer más profundamente el Abya Yala para promover la unidad en teoría y práctica, unidad en la diversidad y en la libertad, es un objetivo muy ambicioso, teniendo en cuenta incluso vientos a favor y en contra. Pero en la base muchos adolecemos de falta de entrenamiento en los temas nuestros a un grado tal que en verdad nos vendría bien empezar por lo elemental, como conocer lo nuestro, lo regional, y conocerlo sólo por el placer de conocer y sin caer en localismos reduccionistas.

Ni en la escuela, ni en la universidad, ni en los medios de comunicación, y generalmente tampoco en nuestros hogares, tenemos LUGARES donde conversar de nuestros temas con amplitud y profundidad. Hay excepciones, pero en general eso se nota.

Veamos por caso cuánto sabemos sobre el origen del gas que consumimos en nuestras propias casas; veamos si podemos distinguir un algarrobo de un ñandubay, o dar precisiones sobre diez de las cien variedades de citrus que se cultivan en la región.

Veamos cuánto profundizamos en la toponimia guaraní, en la cultura Goya Malabrigo, en el ferrocarril, en el modelo que se expresa en Cargill, en Monsanto, en Walmart. De nuestras raíces más profundas a nuestros problemas estructurales económicos más severos.

Cuántos de los ritmos musicales de Sudamérica podemos reconocer, sobre cuántos de nuestros poetas o científicos daríamos alguna señal, cuáles de nuestros problemas estructurales en materia de educación, salud, podemos identificar… Qué podemos decir de Micaela Bastidas, de Juana Azurduy, qué de Paysandú, qué de La Forestal o de la pesca intensiva del sábalo y otras especies…

Abordar estos asuntos, y hacerlo sin vergüenza, reconociendo que muchos ignoramos (nos incluimos, obvio) temas que debieran ser básicos en nuestra formación, es un gran paso adelante que puede dar la JAPL. Con otras organizaciones, claro. Y lo cierto es que cuando hablamos de lo nuestro surge solo, nítido, lo americano.

Y aparece apenas escarbamos un poco en temas como la energía, el petróleo, el uso y la tenencia de la tierra; como la tendencia al monocultivo, la división internacional del trabajo, las pretendidas deudas externas impagables y los sistemas impositivos que cargan sobre los alimentos; o las manipulaciones de las multinacionales y los estados poderosos que no trepidan en actuar sin consulta en comunidades dependientes, aprovechando algún letargo, alguna resignación.

Las exclusiones, la discriminación negativa, la pobreza misma, pero la pobreza (y más el desequilibrio) y sus causas, no tanto sus consecuencias que son tan obvias en expulsados, desnutridos y muertos.

Si le sumáramos una revisión de nuestros conocimientos sobre la constitución social de nuestra patria grande o, más acá, de nuestra propias ciudades, seguro nos redescubriríamos. En esto, aunque podamos parecer un poco reiterativos, convengamos que redescubrir a los pueblos originarios o a los descendientes de africanos, en nosotros mismos, y así a los bolivianos, paraguayos, orientales, canarios, y redescubrir también los legados maravillosos de diversos pueblos del mundo, nos dará otra base para tratar asuntos tan cotidianos como la explotación de nuestros vecinos del barrio, o de ciudadanos de Tarija en Paraná, tratados en forma inhumana, o como extranjeros, cuando sabemos que jamás un chapaco puede ser extranjero en la Argentina, como un entrerriano no debiera ser considerado extranjero en el Uruguay.

 

América es nuestra casa

La unidad de los pueblos del Abya Yala, incluidos los vecinos del norte con los que compartimos idioma y otras identidades, y a veces ni siquiera idioma pero sí historias y expectativas, puede plantearse desde el para qué, pero con riesgo de caer en una visión utilitaria. ¿Para qué quiero estar al lado de mi hijo, si no me proporciona quizá una ventaja, una ganancia?

A poco que escarbemos, veremos que el Abya Yala libre de imperialismo está en las luchas de nuestro pasado y nuestro futuro. Convengamos que asociar la patria grande al futuro es un ejercicio edificante.

Ahora, ¿para qué quiero la unidad de mi comunidad, en este caso Paraná? Habrá razones naturales, por la tendencia gregaria del hombre, y señalaríamos además razones de convivencia, de amor, de un sentirse bien con el otro. No necesariamente una razón geopolítica, económica, sino espiritual. E involucra a tantos factores que uno no sabe cuál de ellos pesa más.

¿Por qué nuestra preocupación por lo que le ocurra a una familia de Gualeguaychú es un poco mayor que lo que le pase a un empresario de Indonesia? La historia común, el paisaje común, la cercanía, el idioma, la música, la familiaridad de los apellidos, las costumbres, las comidas, los anhelos, las frustraciones, el trabajo, la Bandera, las luchas, el arte, los oficios, los juegos forman parte de una compleja trama que nos involucra, nos atrae, y eso va más allá de divisiones políticas, aunque las divisiones políticas forman parte también de la urdimbre.

Para nosotros América es el prójimo, es la humanidad que nos rodea con sus circunstancias en tiempo y espacio, o mejor, la humanidad de la que formamos parte desde hace 40 mil y más años. Desde el mismo plano, podríamos decir que todos apreciamos especies como el león, el elefante, o especies de vegetales como el baobab, pero la valoración del carpincho, el aguará popé, la comadreja, el surubí, el ombú y el chañar, tiene un plus porque con ellos convivimos, habitamos la misma casa; ellos nos precedieron en este suelo, con ellos nos acompañamos mutuamente, y además sería de muy mal gusto, y ciertamente una limitación inconducente, que todos valoremos sólo a una especie y menospreciemos a las otras. Esto bien podemos extenderlo a otros asuntos políticos, científicos, tecnológicos, religiosos, artísticos. Largos etcéteras.

Si en un viaje vemos veinte comadrejas aplastadas en la ruta, y ninguna cebra, la reflexión sobre la comadreja y la compasión se nos imponen sin esfuerzo. De eso se trata. La comadreja, por sus dotes de madre, su desarrollo sudamericano, su pertenencia a la gran familia de marsupiales, y también por haber sido menospreciada durante tanto tiempo, bien podría ser homenajeada, y arrastrar con ella a su mundo ninguneado: el monte, la fauna silvestre, la vida sin auspiciantes, los seres humanos expulsados de nuestra sociedad. Esto que decimos es parte de la unidad americana que propugnamos: los peces, los pájaros, las hierbas, los recursos de todo tipo, como tantos aspectos culturales, no están ausentes ni mucho menos en nuestra concepción del Abya Yala.

El amor a la humanidad y la valoración de sus circunstancias se expresa de modo notable en el amor a los seres humanos que nos rodean y con quienes compartimos historia, cultura, idioma a veces; naturaleza, expectativas, luchas. ¿Qué es América sino nuestra propia casa? ¿Y cuál es nuestra primera deuda con el Abya Yala?: conocer.

¿Qué nos une más con los orientales, la historia de Paysandú, donde cayeron con valor tanto Leandro Gómez como Lucas Piris, o esos tordos llamados federales amarillos que vuelan de una banda a la otra y viven sólo aquí, en este retazo del planeta, con riesgo de extinción, en nuestros pastizales?

¿La bandera artiguista que compartimos, como los ideales, o el algarrobo y el ceibo y la flor del ceibo que también compartimos? ¿El idioma o el mate? ¿Zitarrosa, Yupanqui, Gardel, el tango o el fútbol que nos apasiona a dos orillas? ¿El MERCOSUR o el río Uruguay? ¿El europeo, el angoleño, el cacique Vaimaca Perú? ¿El indio Anacleto Medina que guerreó a dos bandas por la libertad y las autonomías, el torito de campo que nos acompaña en el parque, en el patio; o la cultura Goya Malabrigo, esa de las cabezas de loro modeladas y cinceladas en las cerámicas, todo compartido?

La respuesta es: lo uno y lo otro.

Porque la unidad es compleja, natural, cultural, es una red, no hay un elemento único que nos suelde, nos atornille, nada de eso, y lo mismo podríamos decir en nuestra unidad indisoluble con Paraguay, Bolivia, Brasil y más allá.

La Junta Americana por los Pueblos Libres quiere cultivar esa unidad integral, y quiere que florezca, con amor por tantos compañeros de ruta y respeto por todas las culturas del planeta, con ánimo de intercambio, de integración; con los oídos abiertos al arte que no sabe de fronteras y una actitud decididamente protectora de las culturas desarrolladas aquí, precisamente porque son puestas en jaque por la actitud invasora de países poderosos expansionistas sin más fundamento que sus misiles y sus monedas.

 

En defensa propia

En el fondo, hay en nosotros un despertar, un volver a maravillarnos por nuestra cultura, por la naturaleza de la que formamos parte, y a la vez una toma de conciencia de las disposiciones del mercado y de los poderosos del planeta que marcan un camino que no elegimos y que rechazamos transitar. Nosotros contestamos, no queremos invadir a nadie pero tampoco disolvernos en la homogeneidad tan favorable al mercado y al imperio.

Porque nos resistimos al consumismo, es que no queremos un solo ritmo para todo el planeta, y viceversa.

No es que pretendamos saber todo de todo: queremos simplemente destruir el muro que nos separa de nuestro entorno y nos ciega.

A medida que vamos abordando las mil caras de la unidad americana que promovemos, nos damos cuenta que esa actitud tiene también aspectos útiles, prácticos.

¿Pero acaso consideramos que Argentina sola no nos alcanza? Algo de eso hay, porque en verdad somos parte de la historia, y sabemos que los países del mundo forman bloques, pero además sabemos que la Argentina no se explica sola.

La ventaja, en nuestro caso, es que con los pueblos del Abya Yala el bloque se da por naturaleza y cultura; por idioma, historia, libertades y opresiones compartidas, y agregaríamos como elemento esencial: por expectativas compartidas. Además de la conveniencia, por qué no. Nosotros ya somos un bloque, sólo falta tomar conciencia de ello, regarlo, hacerlo carne y alma, saliendo al mismo tiempo de la atomización, la dispersión, el distanciamiento del entorno, que nos han (y nos hemos) impuesto, naturalizando los estados.

Y la idea nuestra es cultivar esta unidad frontera a frontera, como cosiendo los cascos de esta gran pelota que nos contiene. El desafío es enorme. Ahora, ¿qué esfuerzo ciclópeo tendríamos que hacer, y cuál sería el propósito, para quitarnos de encima a Tupac Amaru, a Bolívar, a García Márquez, a Raúl Barboza? ¿Por qué Pelé y Maradona y Garrincha y Messi están aquí, y no en Japón y Madagascar? ¿Por qué el Che es argentino, es cubano, es boliviano, sin diferencias? Dicho de otra manera, ¿qué derecho tenemos a no valorar esa unidad que nos supera, que es propiedad de nuestros abuelos y de nuestros nietos?

Cualquiera que estudie los insectos de Brasil estará estudiando los insectos del Paraguay y la Argentina; cualquiera que estudie geología verá que el basalto nos une a los riograndenses y a los entrerrianos y santafesinos de modo inseparable, y para saber del acuífero Guaraní que ha provocado un golpe en nuestras economías habrá que explorar las fuentes de esa agua, las recargas, en el Brasil.

Y así, La Araucana, Tabaré, el Martín Fierro, y así las tres poetizas de Chile, Uruguay y la Argentina que nuestro Dúo Enarmonía musicalizó con arte inconfundiblemente americano y universal. Y así las expectativas por Evo Morales y el Sumak Kawsay, por los nuevos Zapatistas y sus caracoles, todo, todo esto nos involucra, como nos involucra el imperio que pretende hacer de nosotros su patio trasero y sostener un sistema democrático restringido al voto, con congresos levantamanos, con todo muy cercano a la plutocracia. La unidad, pues, por la unidad y contra la invasión.

 

Unidad porque nos gusta

No se trata sólo de volver a mirar la cordillera de los Andes como la columna vertebral, y eso ya sería mucho en una región tan proclive a mirar obnubilada a Europa.

Y digamos de paso, ¿podríamos los argentinos alcanzar un grado de dignidad, de libertad, si al lado tuviéramos un Paraguay empobrecido, un Uruguay mendigo, un Brasil dándonos la espalda? Aunque es una obviedad, respondamos: no. No podríamos felicitarnos de una Argentina creciente y una Uruguay aplastada.

No hay que hacer ningún esfuerzo para ver la unidad, al contrario: el esfuerzo debieron hacerlo para dividirnos de manera de explotarnos con facilidad. Desde afuera y desde adentro.

Bien podríamos agregar que nosotros, desde la JAPL vemos esa unidad, queremos cultivarla, y además nos encanta paladear esa unidad.

Y nos definimos, de entrada, con una sonrisa que es a la vez una toma de posición en el mundo con la firmeza del que sabe que tiene muchísimo por hacer y que por algo tiene que empezar, por modesto que sea.